Cojines de ganchillo en el Jardín de Edén

Se aburría. Todo era verde y frondoso; árboles repletos de fruta, el que más tenía era el el del Bien y del Mal, hay que joderse… pajaritos y ardillitas felices trepaban y revoloteaban alrededor. Idílico, paradisíaco, esta palabra se la acababa de inventar, molaba ¿verdad? Lo de molar lo dijo Dios cuando los puso ahí ¿A que mola, hijos míos?
Así, descansando de nada, comenzó casi sin darse cuenta a tirar de algo que sobresalía de la serpiente, un hillillo, curioso ¿no? ¿Qué entretenimiento podía sacarle a esto? porque tirar todo el rato ya cansa. Y mira que montón de hilo…
Cogió un palito curvado y empezó p’arriba y p’abajo, de modo que fue apareciendo un irregular entramado de color verde y amarillo ¡Qué chulo! pensó, y comenzó a crear cuadrados más grandes que unió y rellenó con plumas de Ave del Paraíso.
Cuantos más cojines había menos serpiente quedaba… hasta que desapareció.
Para entonces el mejor rinconcito del Paraíso ya estaba adornado y a todas luces cómodo para el recueste y disfrute, así que Adán se fue corriendo a llamar a Eva para enseñarle lo bonito que le había quedado.

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